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Día Mundial de la Asistencia Humanitaria

Con motivo del Día Mundial de la Asistencia Humanitaria he publicado un artículo, escrito con Héctor Alonso, Alfonso Antona, Manuel Díaz Olalla, Inmaculada González Castro y Ángeles Rodríguez Arenas, en Público y en Actualidad Humanitaria.

Malos tiempos para el humanitarismo
Héctor Alonso, Alfonso Antona, Manuel Díaz Olalla, Pilar Estébanez, Inmaculada González Castro, Ángeles Rodríguez Arenas*
El Día Mundial de la Asistencia Humanitaria debería servir para reconocer el trabajo de quienes arriesgan su vida en el servicio humanitario, pero sirve también para recordar que, a pesar de los esfuerzos de organizaciones y personas trabajadoras y voluntarias, aún nos encontramos muy lejos de poder asegurar que estamos construyendo un mundo mejor. Por el contrario, en los últimos años, especialmente durante la última década, la situación global ha empeorado: nunca, desde la Segunda Guerra Mundial, hubo tanta gente desplazada y refugiada -más de 50 millones de personas han abandonado su hogar o su país para huir de la violencia o el hambre-.

Nunca se violaron más los derechos de quienes solicitan asilo y refugio como está sucediendo en Europa, nunca fue más impune la violencia contra la mujer, nunca sufrieron tantos ataques quienes trabajan en las organizaciones humanitarias, nunca se respetaron menos las instalaciones médicas y hospitales que atienden a civiles con heridas de guerra. Hace apenas tres días un hospital apoyado por Médicos Sin Fronteras en Yemen fue bombardeado por la aviación de la coalición liderada por Arabia Saudí. Murieron 11 personas y 19 resultaron heridas. Se trata del cuarto ataque en menos de 12 meses contra un centro al que MSF brinda apoyo en Yemen. También han sido bombardeados hospitales en Alepo (Siria), donde el personal médico tiene que trabajar en unas condiciones casi heróicas. Se ignoran las peticiones de Naciones Unidas de respeto para el personal humanitario y sanitario, y para la población civil. Y nadie se hace responsable ni se buscan culpables por estos ataques, a pesar de constituir un crimen contra la humanidad.

A lo largo de los últimos años se ha producido un retroceso preocupante en todos los aspectos relacionados con la cooperación internacional, la ayuda humanitaria y el respeto al derecho humanitario internacional. A pesar de que durante 2015 y 2016 jamás hubo tanta población necesitada de ayuda, con gravísimas crisis humanas en marcha, la voluntad política no está a la altura deseable: menos respuesta, menos dinero, menos voluntad… Nos encontramos ante un nuevo paradigma en la acción humanitaria.

Nuestro país no es ajeno a esta falta de voluntad, hasta el punto de que podría considerarse como líder entre los países europeos de la indiferencia e insensibilidad ante el sufrimiento de millones de personas.

Podemos asegurar sin temor a equivocarnos, que nunca nuestro país tuvo un papel menos relevante en el concierto de las naciones en lo que respecta a la acción humanitaria. Casi da vergüenza poner sobre el papel las ridículas cifras que España dedica a este capítulo: en 2014 España se situó en los últimos lugares de los países de la OCDE al dedicar el 0,14% del PIB a fondos destinados a la cooperación internacional, cuando la media europea es del 0,42% y el año 2015 fue aún peor; hemos pasado de 1.971 millones de euros en 2011, a 519 millones en 2014, lo que supone un recorte de más del 60%. También ha cambiado la forma de gestionar ese dinero: el 70% lo gestiona el Ministerio de Hacienda como Fondo para la Promoción del Desarrollo: son créditos otorgados directamente a países, lo que constituye todo un estilo de la cooperación que parece que irá en auge.

Incapacidad de la Comunidad Internacional

En la actualidad, los principales focos de conflictos que están generando un mayor número de víctimas de violaciones de derechos humanos y gente desplazada y refugiada, son Siria –y la consecuente crisis de refugiados y refugiadas en el Mediterráneo-, Irak, Libia y Sudán del Sur. Son cinco crisis que la comunidad internacional es incapaz de afrontar.

La guerra civil de Siria es una de las más devastadoras de las últimas décadas. Hasta 2015 habían muerto más de 220.000 personas y su violencia ha provocado uno de los mayores desplazamientos internacionales de la historia. Las principales ciudades del país han quedado devastadas y el 40 por ciento de la población se encuentra en situación de crisis humanitaria.

Como consecuencia de esta guerra, a lo largo de 2015 llegaron a Europa en busca de refugio más de un millón de personas a través del Mediterráneo central o de las islas griegas, después de atravesar Turquía. La mayor parte vienen de Siria huyendo de la guerra, y un elevado porcentaje son mujeres muchas veces solas o con criaturas, y menores no acompañados.

La crisis de Europa con las personas refugiadas no termina  porque no encontremos en los medios su mirada interrogante y su inmenso cansancio. Como no se ha evaporado la responsabilidad de la Unión Europea sobre su destino porque  tras el  acuerdo con Turquía, ese país se haya convertido en nuestro guardián. El sufrimiento de millones de personas en Siria, en Afganistán o en los países que atraviesan cuando huyen de la guerra, continúa. Sólo en Grecia, unas sesenta mil personas refugiadas  y migrantes que quedaron atrapadas tras el cierre de las fronteras europeas sobreviven en condiciones insalubres,  según informa el Centro para Control y Prevención de Enfermedades. Pero su salud no solo depende de que se les proporcione  un entorno digno, sino de tener cada mañana un futuro que ofrecer a sus hijos e hijas. El primer paso para lograrlo es que se cumplan al menos los acuerdos de reubicación firmados por los estados europeos. Y el compromiso moral de sacarles del olvido.

Refugiadas y víctimas de la violencia de género

La vida de las mujeres sirias desplazadas y refugiadas es el paradigma de la violencia. Huyen de un país en el que la violencia de género es estructural, con escasas oportunidades de sobrevivir. En la huida, obligadas a erigirse en cabeza de familia, se ven expuestas a situaciones de violencia, tanto física como sexual, que las aboca, en algunas ocasiones, a sexo transaccional, como denunció Amnistía Internacional sobre refugiadas sirias en Líbano.

Las violaciones casi nunca son denunciadas ya que se pueden enfrentar al rechazo familiar y social. Como resultado de la violencia sexual se producen altas tasas de embarazos no deseados y abortos inseguros. La llegada a Europa no supone necesariamente refugio y consuelo. Las pésimas condiciones de los campos –algunos parecen más campos de concentración que centros de acogida- implican para las mujeres riesgos de sufrir agresiones físicas y sexuales cuando tratan de obtener alimentos o combustible. Al sufrimiento por la falta de recursos sanitarios y las dificultades de acceso a los mismos, se une a veces la violencia institucional, como el caso de las mujeres obligadas a someterse a cesáreas innecesarias en algún hospital de Idomeni, en condiciones de auténtica violencia obstétrica, como denuncia el último informe de Women’s Link Worldwide.

La destrucción de tres países

Libia

Cinco años después de que empezara la guerra civil en Libia, a cuyos más dolorosos efectos tanto contribuyó la comunidad internacional, a día de hoy y con más de tres millones de personas afectadas, casi la mitad de la población de Libia, la crisis continúa profundizándose. Mucha gente ha perdido su hogar, su medio de vida y a sus seres queridos. La violencia actual tiene terribles efectos sobre la población, dejando al sector  más vulnerable sin capacidad de atender sus necesidades básicas, mientras se desencadenan desplazamientos a gran escala. Los enfrentamientos constantes siguen causando graves daños en las infraestructuras y en los medios de vida, mientras que el acceso a los alimentos, al agua, al saneamiento y a la vivienda se ha deteriorado dramáticamente y el frágil sistema de salud está al borde del colapso.

En la medida en que la situación continúe así, cada día más y más personas se verán impulsadas a emprender el arriesgado salto a Europa en busca de seguridad para ellas y para sus familias, algo que Europa no está dispuesta a brindarles, pero ese es otro capítulo de este relato.

Irak

En Irak la crisis se mide en cifras enormes: 10 millones de personas necesitan asistencia humanitaria; 18 provincias están afectadas por el conflicto armado; hay 3,2 millones de personas desplazadas y 2,4 millones necesitan ayuda alimentaria. Además, Irak también está sufriendo las consecuencias de la guerra de Siria: casi 250.000 personas de ese origen han buscado refugio en Irak. El país se ha convertido en un tablero en el que el Estado Islámico y Occidente jugarán una partida sin importar el precio de sufrimiento que paguen sus habitantes.

Sudán del Sur

Los enfrentamientos armados entre el Ejécito leal al gobierno y las milicias rebeldes han provocado el caos en el país más joven del mundo, y que apenas ha conocido la paz en sus cinco años de existencia. Las personas desplazadas se cuentan por centenares de miles y la cuarta parte de la población (2,8 millones de habitantes) están en inseguridad alimentaria. Decenas de miles de personas están abandonando el país para refugiarse en los países vecinos. Voces expertas advierten que se avecina una crisis de proporciones castastróficas. También, como Irak, Sudán del Sur es un tablero en el que las grandes potencias luchan por el control del petróleo.

En el Día Mundial de la Asistencia Sanitaria éste es el panorama al que nos enfrentamos. Por supuesto que en otras épocas de la Historia se han producido violaciones flagrantes de los derechos humanos, pero ahora es más grave: hay un Derecho Internacional Humanitario consolidado, existen Convenciones y Declaraciones de los Derechos Humanos y Tribunales Internacionales para juzgar las violaciones. Sin embargo, todos esos derechos, todos esos avances legislativos conseguidos a lo largo de las últimas décadas, se han convertido en papel mojado, se violan y vulneran cada día y lo peor es que la Comunidad Internacional, responsable y garante de que se cumplan, lo sabe y no hace nada por evitarlo.

* Héctor Alonso, Alfonso Antona, Manuel Díaz Olalla, Pilar Estébanez, Inmaculada González Castro y Ángeles Rodríguez Arenas forman parte de la Sociedad Española de Medicina Humanitaria

 

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